Review: “Desenmascarando la mentira keynesiana”.

Como bien dice el título, el economista argentino Javier Milei, dedica este corto, pero intenso libro, en refutar las ideas keynesianas.

Para ello, recurre a la contraposición de la teoría macroeconómica keynesiana vs la teoría austriaca del capital desarrollada por Roger Garrison. Así también, explica los diversos modelos de crecimiento exógeno y endógenos más conocidos: Harrod-Domar, Solow y Swan, Romer, AK o Schumpeteriano, entre otros.

Recurre a Friedman y el monetarismo para criticar la idea inflacionista keynesiana y la curva de Phillips, y la renta permanente, para hacer frente a la renta disponible keynesiana. Resalta el incumplimiento de la restricción presupuestaria que supone el multiplicador keynesiano y define el tipo de interés como resultado del cruce entre la demanda y oferta de fondos prestables (ahorro e inversión), a diferencia de la idea keynesiana de que el tipo de interés es el “precio del dinero”. Con ello, establece que el verdadero “precio del dinero” o lo que es lo mismo, su poder adquisitivo, se fija entre el cruce de la demanda monetaria y la oferta monetaria, estableciendo el nivel general de precios. En resumen, propone una macroeconomía basada en el capital, más que centrada en el trabajo.

Una obra concisa, que requiere de unos conocimientos mínimos-medios de economía, y que es base para la refutación austriaca del planteamiento keynesiano.

Review: “Una revolución liberal para España”.

Juan Ramón Rallo, economista liberal, nos desarrolla en este libro cómo sería la hipotética sociedad liberal que el propone como modelo.

En su obra, critica por un lado las ineficiencias del sistema actual y propone soluciones a largo y corto plazo para ir superándolo y consiguiendo uno donde el peso del Estado sea de un pequeño porcentaje del PIB, menos del 10%.

De manera muy didáctica nos proporciona ideas que nunca habríamos imaginado: cómo sería la gestión del medio ambiente en el libre mercado, el mercado eléctrico, las infraestructuras estatales, la sanidad, etc.

Un libro para todos los públicos, con un importante y sólido respaldo teórico, académico y empírico. Un imprescindible para aquellos que se introducen en la ciencia económica y en el liberalismo, y que pretenden estar más cercanos de la praxis que de las abstracciones teóricas (también fundamentales).

Review: “El pequeño libro que aún vence al mercado”.

Joel Greenblatt, inversor de bolsa, nos cuenta en un pequeño libro las claves para invertir. De manera muy asequible y para todos los niveles, es capaz de explicar la operativa en bolsa que más rentabilidades ha proporcionado en la historia y parece que nos proporcionará.

Con ejemplos de empresas reales, como una tienda de chicles que se convierte en gran cadena, nos desarrolla las dos ideas clave que debemos de tener en cuenta a la hora de invertir. Nos explica su fórmula mágica. También, nos proporciona recursos digitales y consejos para los diferentes perfiles de inversores, que generalmente, no disponen de mucho tiempo.

Al igual que Buffett, Lynch o Graham, la metodología empleada es la de value investing o inversión en valor. Es decir, comprar acciones de empresas con futuro y que proporcionen rentabilidades, a un precio infravalorado en el mercado en un momento concreto. Así pues, el mercado, o como Greenblatt dice en su libro, Mr. Market, reconocerá en el largo plazo el valor real de esa acción, y entonces, tendremos como beneficio el diferencial entre el precio real y el precio infravalorado al que adquirimos la participación de la empresa.

Sin duda alguna, uno de los libros más rentables para aprender a invertir. Sobre todo, porque da en el clavo, de manera comprensible, en las palabras y páginas justas. Precisamente, lo que todos buscamos en el mundo en el que vivimos hoy.

Intolerancia con el intolerante

Artículo publicado en El Club de los Viernes:

Está de moda la teoría de Karl Popper. En concreto, su paradoja de la intolerancia. Que, para aquellos que la desconozcan, viene a decir que una sociedad no puede ser tolerante con aquellos que representan postulados intolerantes, puesto que, estos últimos, tenderán a acabar con la tolerancia existente en la sociedad. En concreto, ha sido muy citada a raíz de la irrupción de VOX en la vida parlamentaria. Fuera de casos y circunstancias concretas, ¿llevaba razón Popper?

Desde mi opinión: sí. Karl Popper acertaba al afirmar que no hay que ser tolerante con el intolerante. Nadie puede, por la vía coactiva, acabar con las libertades y derechos negativos de ninguna persona. Es un principio básico de justicia y de convivencia. Es por eso que no puede permitirse que partidos o movimientos sociales, con principios y fines totalitarios, puedan imponer sus ideas por vías democráticas o legislativas.

No solo ha ocurrido con VOX. En el resto del mundo, con el surgimiento de estos nuevos líderes y movimientos de derecha y extrema derecha, la izquierda llama a la movilización y reacción para frenar a los “intolerantes”. Pero, ¿intolerancia con qué? En este caso, con el recorte o ataque a las libertades sociales, personales y morales.

Dejando a un lado las calificaciones o argumentos que tienen ciertos colectivos para afirmar que VOX es un partido intolerante, pues ya he dicho al principio del artículo que no quiero centrarme en un caso concreto; me gustaría aplicar la teoría política de la derecha y la izquierda al resto del escrito.

Según la ciencia política, podemos afirmar que la derecha será una ideología favorable a las libertades económicas, pero más reacia a las sociales o personales, y que, la izquierda, abogará por la defensa de las libertades personales, y se posicionará en contra de la libertad económica de los individuos. Como podemos comprobar, ambas ideologías tienen un enemigo común: la libertad individual. Ya sea la derecha con la personal, o la izquierda con la económica, las dos, son intolerantes. La derecha no tolera libertades o derechos individuales como la gestación subrogada, la prostitución o el consumo de drogas. Pero, la izquierda no respeta los derechos de propiedad; prefieren desde un Estado totalitario que controle los recursos económicos y los medios de producción, hasta un Estado socialdemócrata del bienestar que regule parte de la actividad económica y nos obligue a pagar impuestos confiscatorios a cambio de unas pésimas prestaciones, de forma casi fraudulenta.

La izquierda, en todo el mundo, enarbola la bandera del respeto y de la tolerancia porque lo que ellos defienden, las libertades personales, son derechos a los que la gente es más sensible. Es más complicado que haya protestas por subidas impositivas, mala gestión económica o aumentos de deuda pública (que no es otra cosa que un aumento de los impuestos futuros) que, por cambios en leyes relacionados con el tema de la mujer, por ejemplo. Sin embargo, en las dos situaciones, la izquierda y la derecha van en contra de la libertad individual, y, por tanto, mantienen unos ideales totalitarios, que, desde luego, no tendrían que ser tolerados por los que lo sufrimos: los ciudadanos.

Esta doble reacción social tiene dos motivos. El primero, el control y predominio que ha tenido siempre la izquierda con respecto a la propaganda de sus ideas. En este caso, hablamos de los medios de comunicación, en su mayoría progresistas, que con sus programas y telediarios se encargan de alzar en valor determinadas noticias o situaciones, relegando otros aspectos a segundo plano. Es evidente como es más común oír hablar en televisión de feminismo o memoria histórica que de los graves problemas económicos que ahora mismo tenemos con el sistema de pensiones, o de las subidas de impuestos que está realizando el actual gobierno. Esto, a la larga, hace que los ciudadanos categoricen ciertos aspectos como más o menos importantes; en este caso, la libertad personal en detrimento de la económica.

El segundo punto, también promovido desde la izquierda, es no considerar la libertad económica como una libertad personal. No entienden que libertad personal, es también la opción de elegir libremente lo que hacer con el fruto de nuestro trabajo y nuestra propiedad. Prefieren la igualdad que la libertad en este sentido. Y no se dan cuenta, de que la libertad económica es un elemento fundamental para la completa libertad individual y personal. Es más, se ha podido comprobar como la apertura a un sistema económico más liberal o capitalista, ha hecho que dictaduras se hayan convertido en democracias o en regímenes menos fuertes. Véase el caso de Chile, de China o, incluso, de España. Les animo a encontrar un solo país donde no haya libertad económica y sí personal.

Por todo esto, la izquierda no puede arrogarse la potestad de la defensa de la tolerancia y los valores; porque, son ellos mismos quienes promueven políticas liberticidas, al igual que la derecha.

Pero entonces, ¿hay otra opción? Sí. Se llama liberalismo, y comparte raíz con el término libertad. Ser liberal es respectar el proyecto vital del otro: su libertad económica y su libertad personal. Ser verdaderamente tolerante, es ser liberal. Lo demás, es pura intolerancia.

Los ayuntamientos y la creación de empleo

Artículo original publicado en La Voz de Córdoba.

No nos cansamos de escuchar, en todos los pueblos, reivindicaciones de los vecinos a su propio ayuntamiento para conseguir puestos de trabajo. Sean del signo político que sean, tanto el pueblo como la corporación municipal, esta es una práctica bastante usual. En las ciudades donde cae la tasa de desempleo, los políticos se atribuyen la victoria; como si gracias a sus políticas fuera posible. En los que el paro aumenta, la oposición aprovecha para hacer crítica de la supuesta mala gestión del gobernante.

La realidad es bien distinta. Los alcaldes y sus equipos de gobierno, exceptuando los de las grandes ciudades, no tienen margen ni herramientas suficientes para incentivar o desincentivar la creación de empleo. Sobre todo, empleo de calidad. Podrían dedicarse a gastar todo el presupuesto en obras públicas, pero esto no es una actividad productiva en el largo plazo: no permite emplear a trabajadores con buenos salarios y, tampoco es una ocupación que perdure en el largo plazo. El ayuntamiento podría encabezar la iniciativa emprendedora y crear empresas donde colocar a sus vecinos. Sin embargo, es bien sabido que donde no están claramente definidos los derechos de propiedad y la responsabilidad sobre los recursos, el cálculo económico y la eficiencia se pierden. Además de que, más transferencias entre el sector público y privado, incrementarían los casos de corrupción y la malversación de fondos.

Es decir, el ayuntamiento no puede conseguir, por sí solo, una tasa de desempleo natural (del 4% aproximadamente). Las tasas actuales son consecuencia de motivos económicos y circunstancias exógenas al propio municipio. En regiones con alto desempleo, la tónica normal es ver localidades colindantes donde los niveles de paro y riqueza alcanzan valores similares. En la mayoría de casos, no es culpa del alcalde o alcaldesa. Tendrían verdadera culpa de lo que pasase, si la totalidad de los tributos, o gran parte de ellos, fueran recaudados y fijados por las administraciones locales. Porque, la única manera que tiene cualquier gobierno (local, autonómico o nacional) de incentivar la economía y el crecimiento económico, es mediante la gestión de los impuestos. En su caso, reduciendo la presión impositiva.

Actualmente, los alcaldes manejan impuestos y tasas. Pero, en su mayoría, son impuestos que afectan a los ciudadanos, más que a empresas, ejemplo es el IBI. Aun así, hay algunos tributos sobre actividad empresarial que sí son gestionados por ayuntamientos, como es el caso del IAE (Impuesto por Actividades Económicas). No obstante, este impuesto solo se aplica a corporaciones cuya cifra de negocio es superior al millón de euros. Y, no dudo de la capacidad empresarial y de creación de riqueza de los empresarios pueblerinos, pero ¿cuántas empresas son capaces de alcanzar esa cifra de negocio en una localidad? Ciertamente, muy pocas. Es decir, que este tributo también podríamos descartarlo como herramienta que pudiera emplear el gobierno municipal para incentivar la economía local.

La propuesta

Si hemos dicho que la única manera por la que un gobierno, cualquiera que sea, puede fomentar el crecimiento económico, es con bajadas de impuestos que de verdad afecten a las empresas y a los ciudadanos, la solución pasa por permitir a los ayuntamientos competir entre ellos por ver quien ofrece una fiscalidad más favorable al desarrollo empresarial y la creación de empleo. Así, cualquier gobierno municipal, sería capaz de hacer atractiva la llegada de inversión desde otro lugar de la región o de España, y facilitaría el emprendimiento y el desarrollo para sus propios habitantes. Además, esta cercanía de la gestión tributaria a los ciudadanos, haría más transparente su utilización y se atendería mucho mejor a sus reivindicaciones.

Estas medidas no solo podrían resultar positivas para zonas menos desarrolladas y más rurales de España, sino también, para evitar uno de los grandes problemas que ahora mismo padecemos: la despoblación rural.

No solo las bajadas impositivas son necesarias. El cumplimiento del equilibrio presupuestario también lo es. Y, en la actualidad, es algo sobre lo que se puede decidir. El equipo de gobierno municipal tendrá que ajustar los gastos municipales a la recaudación, intentado evitar los déficits y la acumulación de deuda. Déficit y deuda presentes, significan mayores impuestos futuros. Superávit y desapalancamiento, suponen menos impuestos futuros y mejores condiciones para la creación de empleo y riqueza.

¡Hagamos de los pueblos sitios donde invertir, crear, crecer y vivir!

Review: “Un paso por delante de Wall Street”

Un paso por delante de Wall Street es una obra escrita por el gran inversor y gestor de fondos Peter Lynch.

Sin lugar a dudas, uno de los mejores libros sobre como invertir en el mercado de valores. A lo largo de sus capítulos, Lynch nos irá dando las claves para hacer la mejor inversión, acompañado siempre con casos reales vividos desde su experiencia.

Es una guía fundamental y muy completa que, además de funcionar en nuestros métodos, nos aportará una visión muy distinta de la operativa en bolsa. Alejado de los complicados análisis técnicos y gráficos e inspirado en la metodología y reglas del gran Buffett y del value investing, se nos propone una nueva manera de mirar al mercado y a las empresas. Desde probar los productos en los centros comerciales, hasta revisar continuamente los estados contables que demuestran la buena marcha de la compañía.

Más vale el estudio y lectura de un libro como este, de 362 páginas y 20 capítulos, que la dedicación a muchísimos escritos de “gurús” financieros, que al final, no nos aportaran el gran valor que nos regala Peter Lynch.

 

 

El egoísmo de los liberales

Entrada original publicada en “El Club de los Viernes”.

Una compartida crítica que se le hace a la corriente de pensamiento liberal es que es profundamente egoísta en su empeño en la defensa extrema de la propiedad privada. Parece que no importaran las personas que no tienen medios para subsistir o para poder cumplir su proyectos y deseos vitales, puesto que el Estado no debe de intervenir en absolutamente nada. Los liberales solo pensamos en dinero, en recortar derechos a los trabajadores y en consumir. Pues bien, procedamos a desmentir todas estas creencias.

La realidad

El pensamiento liberal entiende que la naturaleza humana casi siempre se inclinará por el interés personal (aunque tampoco olvida la empatía y solidaridad). Y no hay peor mezcla que los intereses individuales y el poder absoluto. Esta explosiva unión solo puede darse con un actor: el Estado. Él es el encargado de conceder monopolios a las empresas para que puedan abusar del consumidor. El único que levanta barreras y expulsa a los trabajadores menos cualificados del mercado imponiendo condiciones laborales estrictamente rígidas.

El liberalismo aboga por la igualdad jurídica de todas las entidades en la sociedad. Por eso, el verdadero liberal defenderá el libre mercado; uno donde el Estado no conceda privilegios a empresas o trabajadores, sino uno en el que cada miembro sea libre de decidir sin imposiciones.

Y además de que lo anterior sea moralmente más aceptable, ya que, nadie es quien para imponer nada a un tercero, resulta prácticamente más exitoso. Las sociedades libres son más prósperas; en ellas todo el mundo vive mejor. Pero, para poder conseguir una sociedad auténticamente libre, son necesarias instituciones sociales como la propiedad privada; que no es más que un derecho que delimita qué es lo que legítimamente te pertenece, para que nadie más pueda usurparlo y malgastarlo.

Ese alegato por la propiedad se hace en base a varios motivos, entre ellos podemos destacar: el primero, porque se cree que nadie es quien para apropiarse de nada ilegítimamente, el segundo, porque te hace más responsable y consciente de cara a la sociedad, pues es de ti de quien depende el rumbo de tu vida y estás obligado a respetar la propiedad de los demás y, el tercero porque, en la realidad, hace al proceso productivo mucho más eficiente.

¿Qué ocurre con los más desfavorecidos? Se argumenta que la estricta defensa de la propiedad individual supone que ciertas personas o grupos se queden sin acceso a ella, debido a esto, el Estado es quien debe de intervenir para “redistribuir”. Y con este gran deseo, interviene y acaba ralentizando o destrozando (según el grado de intervención) el crecimiento económico, lo que tiene como consecuencia la existencia de menos riqueza que distribuir. Sin embargo, es en una sociedad libre donde el crecimiento económico se acelera y consigue la creación de mayor riqueza que se distribuye en forma de salarios a todas aquellas personas que la intervención estatal no ha dejado en el desempleo.

Ilustremos la diferencia entre la “redistribución estatal” y la concentración de capital. Tenemos a María con 10.000€. El gobierno entenderá que es un monto excesivo y que es necesario su reparto, entonces, distribuirá esos 10.000€ entre 10 personas, tocando a 1.000 per cápita. Lo más seguro es que, esas 10 personas consuman cada parte íntegramente o, a lo sumo, ahorren una pequeña cantidad. Sin embargo, si María se queda con esos 10.000€, seguramente, sea capaz de invertirlos en otro proyecto que le genere rentabilidades futuras y, además, podrá contratar a parte de esas 10 personas, manteniéndoles con una renta mensual (ya no solo el pago único de los 1.000) y si el proyecto continúa favorablemente, será capaz de contratar a más personas que las primeras. Pues, es así como funciona, cuando el capital se acumula es más fácil que se invierta, a cuando está disperso. Y la única manera de generar riqueza es mediante la inversión y esta última requiere de acumulación de capital.

Y no es solo teoría, es evidencia histórica: en los países donde se permite la libertad (menos intervención estatal) el desempleo es menor, las condiciones de vida mejoran sustancialmente, los salarios son más altos, hay más conciencia social por el medio ambiente, hay menos conflictos armados, menos injusticias, etc. La única queja es que en un escenario de libertad la sociedad acaba siendo desigualmente rica, mientras que bajo el yugo estatal es, al final, igualmente pobre.

Aun así, no podemos confiar ciegamente y esperar que el progreso económico y el desempleo se solucionen de manera espontánea, mientras que existan minorías que necesitan ayuda. Así que, ante esto, la sociedad vuelve a dar una respuesta en cooperación social: por un lado, las friendly societies y, por otro, organizaciones solidarias. Las primeras son sociedades de ayuda mutua, donde los socios aportan dinero que les da el derecho de poder recibir ayuda en caso de necesidad. De este modo, te cubres de un posible riesgo futuro, por un lado, (pues en las sociedades libres, sin privilegios, nadie está exento de caer en la pobreza) y por otro, ayudas a personas que en están teniendo dificultades en ese momento. Las segundas son las organizaciones caritativas que ya conocemos, donde el ayudado no tiene como requisito el haber aportado previamente. De estas dos formas ya conocidas, es como mayoritariamente se ha dado respuesta al problema de la pobreza desde la sociedad civil, de manera totalmente voluntaria.

La defensa de la propiedad no es una pretensión egoísta, es una idea que quiere evitar abusos de poder por parte de cualquier colectivo o individuo y que tiene como consecuencia la concienciación y asunción de una responsabilidad colectiva y una mejora de los rendimientos económicos. Los tres juntos acaban repercutiendo muy positivamente a nivel social. Sin embargo, la institución que es definida como poder absoluto (el Estado), se ha preocupado de arrogarse la tarea de “ayudar a los más pobres”, atacando la libertad, destruyendo la propiedad, frenando el crecimiento, fomentando la irresponsabilidad y creando masas de pobreza. Seguramente, la clase política nunca sea pobre.

Otra gestión del municipio: las ciudades privadas

Entrada original publicada en “El Club de los Viernes”: https://www.elclubdelosviernes.org/otra-gestion-del-municipio-las-ciudades-privadas/ 

En un mundo donde el pensamiento único socialdemócrata se ha introducido en las mentes de casi la totalidad de la población que vive en los Estados de Bienestar (que no Sociedades del Bienestar), se hacen inimaginables numerosos procesos y actividades gestionadas de forma privada.

Habiendo alcanzado niveles superiores al 30% de gasto público en casi toda Europa, los gobiernos han conseguido su objetivo: que los ciudadanos sean incapaces de pensar en una sociedad sin Estado.

Difícil se presenta la tarea de diseñar un sistema educativo o sanitario que no sea público, e imposible la de idear el mantenimiento y propiedad privada de infraestructuras o recursos naturales nacionales. Llegamos al punto en el que ni se nos pasa por la cabeza la organización privada del municipio. Pues, precisamente, trataremos de explicar cómo funcionaría un asentamiento mediante relaciones privadas y sin contar con la intervención de lo público.

Sobre la propiedad de los espacios

Que la ciudad sea privada no quiere decir que haya peajes a la vuelta de cada esquina. Ni mucho menos. Existe algo parecido al funcionamiento de las ciudades privadas bien conocido por muchísimas personas: las comunidades de vecinos o propietarios. En ellas, cada vecino es copropietario del bloque junto al resto. Cada uno es libre de delimitar su propiedad y de prohibir el paso si quisiera. Sin embargo, se comprueba que, de hacerlo, los costes superan a los beneficios que pudiera reportar. Si el vecino del primero cobrara o limitara el paso por su tramo de escalera al vecino del segundo, el otro podría hacer lo mismo con el del primero, dificultando el acceso del primero a la terraza, donde sube a tender la ropa. Es por eso que llegan al acuerdo de entender la escalera, portal y terraza como bienes comunales. Lo más beneficioso para ambos.

Al igual que en el ejemplo anterior, cada habitante es copropietario de un porcentaje de la ciudad. Lo es porque, o bien ha colaborado en su construcción, o bien ha adquirido un inmueble en ella. Por eso, no prohibirá el paso por su calle o parte de la misma ya que entiende que no es productivo para él. Y así ocurrirá en agregado. Las calles y zonas varias pasarán a ser propiedad comunal. No entraña excesiva dificultad ¿no?

Además, cada zona puede establecer unas normas o estatutos, al igual que hacen otras organizaciones de personas que ponen en común su propiedad, y exigir su cumplimiento. Sanciones por arrojar basura, contaminación acústica, etc.

Imagine que, a partir de ahora, el ayuntamiento pasara a administrar los espacios comunes de los bloques de pisos y urbanizaciones con el pretexto de evitar posibles conflictos. No quiero imaginar el desastre que supondría. Esto se debe al cortoplacismo de las políticas municipales, incluso contradictorias muchas veces, y a la dificultad que supone para el consistorio conocer y responder correctamente a las demandas de tantos vecinos. No hay más que comprobar el estado físico de numerosos sitios que son de propiedad pública. Y, además, mediante el voto, propietarios tomarían decisiones sobre otros propietarios, con los que no tienen relación de propiedad ninguna. Un caos.

En esa mala praxis estamos inmersos. Y como ya he mencionado, es así que se encuentran muchas infraestructuras, calles y parques en las ciudades.

La solución es dejar que los ciudadanos elijan la forma de administrarse, el tamaño óptimo de esas comunidades de propietarios y cómo han de organizarse. Creando competencia entre las comunidades y manteniéndose siempre abiertos a la mejora, en busca continua de más eficientes formas. Todo en un continuo proceso de prueba y error.

Subcontrataciones de servicios municipales

Las comunidades, barrios, distritos o ciudades podrían estar administradas por una empresa experta en ello, por los propios vecinos o por cualquier forma que se pueda ocurrir y poner a prueba.

Los servicios de los que nos provee el ayuntamiento, como la recogida de basuras o el servicio de agua potable, podrían ofrecerlo empresas privadas. Esto tiene de positivo que, por un lado, evitamos favores políticos con empresas municipales, de los cuales ya conocemos unos cuantos. Y por otro, los mejores precios y calidades que nos propongan las corporaciones al estar en competencia unas con otras.

De hecho, este modelo de subcontratación, puede empezar a aplicarse en una transición desde el sistema actual hasta el que planteo en el artículo, o simplemente como una forma de hacer más eficiente el ayuntamiento.

Tenemos ejemplos de poblaciones que han alcanzado el éxito de esta manera. En Georgia, la ciudad de Sandy Springs, de 100.000 habitantes, se gestiona con una empresa privada subcontratada, el ayuntamiento solo cuenta con 200 empleados públicos (bomberos y policías). El coste de los servicios es un 21% más barato que la media de las ciudades cercanas. Que poblaciones de su alrededor, como Milton o Dunwoody, hayan copiado este modelo denota lo muy beneficioso que acaba resultando.

Sin duda, cualquier cosa que sea gestionada de forma privada será siempre más eficiente que la organizada por lo público. A los hechos me remito.

En el caso de las ciudades, debemos de ser conscientes de que, como en todo, hay más formas de hacer las cosas. Tenemos que reconocernos copropietarios y saber que otra mejor administración es posible.

Review: “El choque de ideas económicas”.

“El choque de ideas económicas” es un libro de economía política escrito por Lawrence H. White. Este catedrático de economía de la George Manson University nos relata con su obra, de unas 491 páginas, los grandes debates de la política económica desde Adam Smith y el laissez faire.

Empezando por el rechazo al laissez faire y demostrando como los comunistas no fueron los primeros en posicionarse en contra de esta doctrina económica. Pasando por la revolución bolchevique, el debate sobre el cálculo socialista, los locos años veinte y la teoría austriaca del ciclo económico, el New Deal y la economía institucional, la Gran Depresión y la Teoría general de Keynes, la Segunda Guerra Mundial y el Camino de servidumbre de Hayek, el socialismo de posguerra en Gran Bretaña y la Sociedad Fabiana, la Sociedad Mont Pelerin, el milagro económico alemán de posguerra y el ordoliberalismo, la planificación india y la economía del desarrollo, Bretton Woods y la teoría monetaria internacional, la gran inflación y el monetarismo, la teoría de los bienes públicos y la elección pública, el libre comercio y proteccionismo y las crisis de deuda soberana.

Todo un completo que aporta una visión histórica no solo de los hechos, sino de las ideas que hay detrás de los sucesos económicos más importantes de los últimos cien años.

Para su lectura es necesario un conocimiento base en economía e historia.

Sin dudarlo, es una obra necesaria para cualquier lector que quiera introducirse en el mundo de lo económico, ya que aporta una visión amplia y detallada de las ideas económicas que hoy se someten a debate y son puestas en práctica por los gobiernos.

Un gran comienzo que reforzará nuestros cimientos y que nos permitirá ir adentrándonos en lecturas más complejas.

No, el capitalismo no es naturalmente cíclico

Entrada original publicada en “El club de los viernes”: https://www.elclubdelosviernes.org/no-el-capitalismo-no-es-naturalmente-ciclico/ 

“El capitalismo es cíclico por naturaleza, tiene momentos de crecimiento y otros de crisis”. Estas palabras resumen uno de los tópicos económicos más interiorizados en la sociedad, política y hasta entre los académicos en las universidades.

En esta ocasión, vengo a desmentir dicha afirmación, asumida dogmáticamente por tantos colectivos. Veremos que los ciclos son consecuencia de una causa exógena y no endógena de la economía de mercado.

La importancia de los ciclos económicos

Mantener esa tesis es verdaderamente beneficioso para todo tipo de gobernantes, políticos y burócratas. La lógica dice así: “si el capitalismo es por naturaleza cíclico, es necesario un gobierno que corrija sus imperfecciones; que amortigüe las recesiones y que impulse a la economía en las etapas de expansión”. A la postre, pura teoría fiscal keynesiana. 

Esta propuesta requiere de un gobierno fuerte, con capacidad de intervención y, por tanto, dotado de recursos. Sin duda alguna, el paraíso de cualquier burócrata. La condición idónea para poder practicar la corrupción y el enchufismo, y en esto, me avala la evidencia histórica.

¡Lo normal es que el político esté a favor de la intervención y del poder! ¿de qué va a vivir si no? Es por eso que, estos grupos se han preocupado de introducir y perpetuar esa creencia en la sociedad. Todo fundamentado en la búsqueda de sus intereses particulares.

El capitalismo no es cíclico en esencia

En efecto, el capitalismo no implica ciclos económicos repetidos a lo largo del tiempo. Dichos ciclos tienen un origen externo al sistema, esa raíz es: el intervencionismo. En este caso, y para ser concretos, en el BCE (Banco Central Europeo) y el gobierno.

Debemos de tener claro lo que voy a exponer en este párrafo, para entender lo que sigue. La banca es en Europa y España un sector privilegiado. Un oligopolio protegido y cuidado por los Estados y el BCE. Demostrado ha quedado en repetidas ocasiones: privatizan ganancias y socializan pérdidas (con los rescates financieros). Los gobiernos se preocupan de que cada vez haya más concentración bancaria, acaban con la competencia imponiendo fuertes barreras de entrada al mercado. Dicho esto, y teniendo presente los privilegios concedidos, pasemos a ver como ocurre una crisis financiera como las vividas anteriormente.

Así llegamos a una crisis financiera: el BCE fija un tipo de interés. El tipo de interés se considera demasiado bajo por la oferta (banca) y, para obtener mayores beneficios, se dedican a prestar más fondos a deudores con mayor riesgo, para así poder cobrar más interés. Cada vez el crédito se expande más, apoyado normalmente en el incremento del precio de un activo real (como fue la vivienda en la pasada crisis). Se va creando una burbuja crediticia. Llega el momento de los pagos de deuda y es imposible afrontarla. El siguiente paso es el colapso.

Aunque, en ese instante, aparecen los “cabecillas” del BCE y anuncian un rescate a la banca, porque, “como son bancos sistémicos” (ya se han encargado previamente de convertirlos en sistémicos concentrándolos y eliminando la competencia bancaria) evitamos la quiebra general. Se hace una inyección de liquidez a las entidades afectadas con dinero público, sí, dinero del contribuyente, ese que no tiene culpa de nada, el que siempre paga. Los bancos continúan con su actividad, preparando la nueva burbuja, ya que el BCE volverá a bajar los tipos para “fomentar el crédito, la inversión y el consumo”. Y acabado el proceso le echan la culpa al capitalismo.

¿Por qué el problema es del intervencionismo?

Si las entidades crediticias no tuvieran la certeza de que, después del festín estará siempre el contribuyente (obligado por el gobierno) para afrontar sus desaguisados, seguramente, dejarían de conceder tanto crédito a tan alto riesgo.

Si el gobierno no pusiera tantos requisitos de entrada al sector para “proteger al consumidor”, (cosa que es mentira porque luego le obliga a pagar rescates con su dinero), no habría tanta concentración de bancos, el ahorro agregado estaría repartido entre más entidades financieras y la quiebra de una o alguna de ellas no supondría ningún colapso.

Si el tipo de interés no se manipulara artificialmente, sino que se dejase a libre cotización entre oferta y demanda (como los precios del resto de la economía), respetando así las preferencias reales de las partes (inversores y ahorradores) no sería necesaria ninguna expansión de crédito de alto riesgo que desembocase en una burbuja.

Para los puramente keynesianos: no es una crisis de sobreproducción. Es una crisis derivada del intervencionismo. La solución no es más regulación y poder para el gobierno. La historia lo corrobora en numerosas ocasiones: crisis inmobiliaria y financiera japonesa, crisis asiática de los 90, crack del 29, crisis subprime, etc. En ninguna de ellas han funcionado las medidas keynesianas. Las liberales sí.

 El verdadero capitalismo

Es decir, en un auténtico sistema capitalista, de libertad, el tipo de interés lo eligen las partes interesadas, el contribuyente no paga las deudas de ningún estafador, no hay quiebras generalizadas porque no hay bancos sistémicos, el riesgo de quiebra está más distribuido entre un mayor número de empresas y las entidades financieras no cuentan con los privilegios que les otorgan actualmente los gobernantes. En un verdadero capitalismo evitaríamos ciclos y gobernantes que se encargan de dañar la productividad de la economía, y con ella, el verdadero crecimiento.

Mientras tanto, seguimos alimentando la próxima burbuja, a la vez que los políticos y altos banqueros construyen su Estado de bienestar, del que solo disfrutan ellos, señalando siempre como culpable el sistema capitalista, cuando, en realidad, el sistema actual recuerda más a la economía fascista de monopolios, que a cualquier economía donde prime la libertad.