La desigualdad no es el problema

Artículo original en Instituto Juan de Mariana:

En torno a la idea de desigualdad ha habido y hay un gran debate. La mayoría de personas, tanto del mundo de la economía como de fuera de este campo, considera que la desigualdad o aumentos de la desigualdad son malos. Son malos, en principio, por cuestiones éticas y, además, porque puede ser fuente de inestabilidad y conflictos sociales. De esa justificación deriva todo un aparato burocrático que tiene como objetivo la redistribución de la renta, que, como ya digo, se considera más ética y útil. A los ojos de un economista austriaco, la redistribución de la renta no es, precisamente, ni útil ni ética. Esto es así porque la desigualdad no tiene por qué ser un problema.

En el plano ético, Israel Kirzner resolvió bastante bien el asunto. Aplicando su teoría de la empresarialidad, demostró en su obra Discovery, Capitalism and Distributive Justice (1989) que el beneficio o plusvalía empresarial era algo totalmente ético y justo, pues deriva de una creación ex nihilo de valor, el descubrimiento de una oportunidad. Además, especificó que el sistema de precios no solo funcionaba de manera asignativa, sino también distributiva. En la economía de mercado, la riqueza se distribuye de la siguiente manera: recibe más quien mejor satisface necesidades. Es decir, el propio sistema premia a aquellos que mejor satisfacen a los demás. Y si no sigues cuidando de atender a los demás, el sistema redistribuirá los recursos según las necesidades de los consumidores hacia aquellos empresarios que sí estén atendiendo las necesidades del mercado. De no ser así, nadie se preocuparía de satisfacer las necesidades de nadie, cada uno produciría lo que le gustase a él mismo (algo un tanto egoísta), sin importar si es algo útil para los demás o no. El mercado entonces es justo y premia más a quien mejor provee las necesidades.

Sin embargo, un segundo plano también requiere nuestra atención. Este es el de la consecuencia. Se suele argüir que la desigualdad económica es fuente de inestabilidad social y conflictos. Las personas de estratos más inferiores sienten que tantas diferencias llegan a ser injustas y pueden rebelarse contra el sistema. La redistribución de la renta es la que da estabilidad al sistema capitalista, lo que le permite crecer. Sin redistribución, habría conflictos que impedirían constantemente la creación de riqueza.

Este argumento es lógico y, de hecho, lo avalan muchas ocasiones históricas. No obstante, da por supuesta una cosa: que la gente percibirá negativamente las desigualdades de renta. Es verdad que puede que psicológicamente tengamos una inclinación a envidiar la renta del que tiene más que nosotros, pero que esto tenga que ser necesariamente así es refutable. La desigualdad solo será un problema si la sociedad percibe que lo es, es decir, si cree que es injusto que haya personas que tengan más que otras. Si, por el contrario, la gente entiende que eso es resultado del buen ejercicio de la función empresarial y, además, sabe que poniendo en práctica su naturaleza empresarial podrá conseguir niveles de renta superiores, entonces, la desigualdad no generará inestabilidad social. Esto tiene más que ver con la movilidad social, con la capacidad que tienen los individuos de una sociedad para fluir entre los niveles de renta. Como sabemos, en una sociedad capitalista, la fluidez entre niveles de renta es muy buena. Desde luego, mucho mejor que en un sistema intervenido, donde la fiscalidad crea barreras a la competencia entre rentas.

Al igual que ocurre con el derecho de propiedad privada, que depende de que la gente lo entienda como legítimo y lo respete, lo mismo pasa con las desigualdades. Si la sociedad llega a la conclusión de que las desigualdades generadas en el proceso económico son éticas (mientras el proceso sea justo) no habrá ningún tipo de inestabilidad económica. Es más, se evitará una de las peores consecuencias de la redistribución de la renta: el consumo del capital. Esto permitirá la mayor acumulación, y por ende más riqueza y crecimiento para todos. Dependerá entonces de que el pensamiento capitalista (por ejemplo, aquel de Kirzner) sea asumido y compartido socialmente.

Por mandato, camino a la servidumbre

Artículo original en La Voz de Córdoba:

Friedrich August von Hayek, economista de la Escuela Austriaca y premio Nobel de Economía, publicó en 1944 una de sus más conocidas obras, sobre filosofía política. Esta fue titulada: Camino de servidumbre. En ella, Hayek aprovechó para advertir del peligro de los totalitarismos, tanto nazi como socialista. En efecto, ambas ideologías prometen el bienestar, la seguridad y acabar con la incertidumbre vital. Algo así como el paraíso terrenal. Sin embargo, y como bien Hayek apuntaba, esto solo era posible a costa de acabar con nuestra libertad personal. 

A la luz de las ideas hayekianas, me preocupa especialmente la situación que vivimos hoy día. Cada vez observo más problemas sociales donde la mejor solución que se plantea es la intervención del Estado, es decir, dar un paso más hacia el totalitarismo y olvidarnos de que las cosas pueden solucionarse de forma cooperativa, pacífica y libre. El Estado es lo opuesto a todo ello, como Max Weber decía, es la agencia monopolística de la violencia. Solo él tiene potestad para coaccionar, apresar e imponer (nótese que la palabra impuesto, principal fuente de ingresos del Estado, deriva del verbo imponer). Hemos pasado de un feudalismo donde creíamos que el poder del gobernante venía de Dios, a considerar que el propio Gobierno es Dios: omnisciente, omnipotente y omnipresente. Tenemos asimilado que el Estado lo sabe todo, que lo puede todo y que debe de estar en todo. Por eso mismo, siempre se propone como la solución. 

La sociedad que hoy conocemos, con su riqueza, crecimiento, valores y cultura, no es fruto de la acción del Gobierno. Más bien, ha evolucionado a pesar de la intromisión del Gobierno. La civilización nace en el momento en el que las personas entendimos que era mejor comerciar y trabajar por los demás que hacer la guerra. De ahí eso que dijo Montesquieu, que donde prima el comercio, las costumbres son dulces. Querer comerciar implica que las partes consideran sus derechos individuales de forma mutua: lo tuyo no me pertenece, por eso, tengo que comerciar contigo, trabajar y ofrecerte algo que satisfaga tu necesidad. Aquí, la violencia no tiene cabida, solo cabe la paz y la cooperación. 

Como antagonista encontramos al Estado, quien no recurre a la paz o la cooperación, sino que obliga e impone. Ahí, solo hay camino para la violencia, y ninguno para la paz. Al Gobierno no le importa satisfacer tu necesidad, y además, no reconoce tus derechos individuales, pues no te pide permiso para disponer de lo que legítimamente te has ganado; más bien, te obliga a dárselo a punta de pistola. 

Precisamente por esto, sabiendo qué vías llevan a la paz y cuáles al conflicto, me preocupa el camino que la sociedad está hoy tomando. En cualquier problema social o económico, parece indudable que la solución sea provista por el Estado, por mandato. Hemos asumido que la sociedad civil, las empresas, asociaciones y organizaciones son incapaces de ponerse de acuerdo sin tener que imponer o decretar nada. Esto, a la larga, supone un deterioro institucional muy importante que mermará la convivencia social, y por ende, el bienestar económico de nuestro país. Si queremos cambiar el rumbo, tenemos que empezar a pensar que el Estado no es Dios, y que suele ser mucho menos eficiente, útil y, además, está menos legitimado para solucionar los inconvenientes sociales que la sociedad civil. Si por el contrario, continuamos por este camino, a base de mandato llegaremos a la total servidumbre, donde el Estado gobernará todo, y solo nos quedará obedecer.

Sobre el poder

Artículo original en Instituto Juan de Mariana:

Dentro de la Escuela Austriaca y del libertarismo suele hablarse de poder en su sentido formal. Es decir, es común hablar de poder cuando es ejercido de forma institucionalizada por el Estado, recurriendo a la coacción y a la violencia. Sin embargo, muchas teorías anticapitalistas basan su teoría intervencionista o liberticida en otro concepto o forma de poder. Hablaríamos entonces de un poder informal, que no es ejercido mediante la violencia, sino que es resultado de unos valores y una cultura que impregnan nuestras relaciones. Como resultado de esas ideas, tendremos relaciones sociales en las que haya desigualdad de poder entre las partes de forma sistemática, algo que perjudica a ciertos grupos.

Al ser un poder que no es ejercido por el Estado de forma violenta, sino que influye de forma implícita e informal a través de instituciones sociales, la solución radica en el cambio de sistema. Esta tesis es sostenida, por ejemplo, dentro de la economía feminista. Sus teóricos vienen a decir que, dado que el capitalismo es un sistema creado a medida para el hombre, el poder lo ostentará lo masculino de forma estructural, y la única solución para igualar las relaciones de poder entre hombres y mujeres será cambiando de sistema.

La Escuela Austriaca tiene muchas respuestas a estos planteamientos. Empezando por la definición de poder, Mises (1949) acepta el concepto de eso que llamamos poder informal. Es más, resalta que hasta el poder formal o coactivo necesita de ese poder informal para ser ejercido. Para él, el poder es la capacidad que un individuo posee para influir en las acciones de un tercero; una definición bastante familiar a la dada por el famoso Michel Foucault (1982). Además, el poder, según Mises (1949), tiene origen en las ideas. Los individuos que se encuentran en una situación de poder deben su privilegio a una idea que es asumida por el resto de la sociedad, y que además, es respetada y mantenida en el tiempo. Un caso concreto es la jerarquía y el poder ejercido dentro de las familias, donde los hijos respetan a los padres porque en su cabeza se encuentra la idea de respeto (norma social) hacia los mayores.

La conceptualización y consecuencias del poder informal son bastante similares en casi todas las teorías que tratan el asunto. No obstante, ninguna es capaz de entender correctamente el fenómeno y proceso social que rodea las relaciones de poder. Como decía, para los anticapitalistas la economía de mercado es un sistema diseñado a medida para que las relaciones de poder ocurran. Es más, las relaciones de poder son inherentes al sistema capitalista. Si no hubiera relaciones de poder, no estaríamos hablando de capitalismo. Por ello, el cambio de sistema es fundamental para los estructuralmente perjudicados.

Esta concepción sobre los procesos sociales y sobre el sistema está bastante alejada de la realidad. Siguiendo la teoría de Hayek (1973), podríamos decir que todas estas corrientes están basadas en el constructivismo. Esto es, sus adeptos creen que las complejas instituciones sociales, las normas, los valores y la cultura son diseñadas de manera consciente y completa por la mente humana. Así es que piensan que el capitalismo es un sistema construido por un grupo concreto para poder beneficiarse a costa de otro, ostentando así poder. Como Hayek (1973) demostró, el constructivismo, anclado en la idea de racionalismo cartesiano o racionalidad ilimitada, no refleja la realidad. Las instituciones sociales, normas, valores y cultura no son diseñadas por la mente humana, sino que son resultado de un proceso evolutivo de prueba y error, donde la constante es el cambio y el conocimiento se encuentra disperso entre todos los individuos. Si entendemos que el capitalismo es un sistema de libertad, caracterizado por el respeto a la iniciativa individual y a ese conocimiento disperso, decir que este es un sistema diseñado para oprimir es una falacia, porque precisamente, no puede ser diseñado.

Esto no nos lleva a negar la existencia de relaciones de poder en el sistema capitalista, simplemente, a decir que no son inherentes al sistema (tal cual pasa con los ciclos económicos). Las relaciones de poder pueden darse en algún momento del tiempo, en términos estáticos, pero, dinámicamente, no pueden existir relaciones de poder debido a la naturaleza del conocimiento disperso que conforma el orden espontáneo. El anticapitalismo tiene que entender que lo que es indeseable socialmente para ellos no es culpa del sistema, sino un resultado concreto que puede ser cambiado de forma empresarial. Creer en otros sistemas ideales e intentar diseñarlos es imposible, algo totalmente utópico. A lo que tienen que aspirar es a un cambio social y cultural, no a sustituir el sistema de libertad.

La intervención tampoco es la solución. El cambio social no puede ser emprendido de forma coactiva. Además, al ser las relaciones de poder dependientes de normas y valores sociales, estos estarán presentes tanto en un sistema intervenido como en un sistema de plena libertad. Más aún, el cambio social de esa cultura será más rápido en un sistema no intervenido que en un sistema que sí lo está.

La Escuela Austriaca no niega la existencia de relaciones de poder informales. Es más, les da una verdadera explicación que, también, proporciona la mejor solución a esa situación socialmente indeseable. El anticapitalismo tiene que abandonar teorías constructivistas erróneas, entender los verdaderos procesos sociales y reconocer que lo que quieren cambiar no es el sistema, sino circunstancias particulares que pueden ocurrir en cualquier estructura de organización social.

Bibliografía

Foucault, M. (1982). The Subject and Power. Critical Inquiry, 8(4), 777-795.

Hayek, F. A. (1973/1998). Law, Legislation and Liberty (Vol. I). London: Routledge.

Mises, L. (1949/1998). Human Action: A Treatise on Economics. Auburn: The Ludwig von Mises Institute.

Casas de apuestas y prohibiciones

Artículo original en La Voz de Córdoba:

Es para mí de reciente actualidad el debate que rodea el asunto de las casas de apuestas. Partidos políticos como Podemos y Vox, los primeros, socialistas de izquierdas, y los segundos, socialistas de derechas (entendiendo el socialismo como la intervención del Estado en la economía y en la vida personal de los ciudadanos), han criticado a las casas de apuestas, acusando al negocio de aprovecharse de las lamentables condiciones económicas de colectivos vulnerables, como por ejemplo ocurre en barrios más humildes. Parece que las intenciones de estos partidos, como siempre, pasan por la vía del control, la limitación, la prohibición… Por ello, conviene poner sobre la mesa una opinión desde la libertad.

No tiene sentido económico emplear nuestros recursos en una operación que tiene una muy pequeña probabilidad de éxito. Si además es algo que genera adicción, evidentemente estaremos ante un vicio. Sin embargo, muchos otros son los vicios que las personas repetimos día tras día, sin que haya ni la más mínima critica que las quese hacen a las casas de apuestas. El Estado también se dedica a las loterías y a las apuestas. Sí sí, el Estado, ese organismo que supuestamente está llamado a la solidaridad y a la redistribución de la renta, extrae riqueza de los más desfavorecidos, empleando importantes recursos en esta industria de las apuestas. La lotería es otro sinsentido económico, que incluso tiene menos probabilidad de éxito que las apuestas, y en el que todo el mundo participa. El tabaco o el alcohol son otraadiccionesMás aún, la obesidad es una de las grandes enfermedades actuales, y suele ser causa de un vicio por comer en exceso.

Prohibir o limitar las casas de apuestas por consistir en un vicio es una decisión arbitraria y demagógica. Si levantamos prohibiciones en el sector de las apuestas, entonces deberíamos de hacerlo para todas y cada una de las adicciones que son malas para el ser humano. Es decir, el Estado acabaría imponiéndonos qué comer, qué beber, qué comprar, en qué cantidad, dónde ir… en resumidas cuentas, nos quedaríamos sin libertad.

¿Queremos acabar con este trágico fenómeno? Pues demos libertad.

Demos libertad para que cada persona se haga responsable y sepa contener sus vicios y adicciones, en lugar de recurrir al paternalismo y a la disolución de responsabilidades en un aparato burocrático que nos infantiliza. Demos libertad económica para que esas familias y esos barrios puedan mejorar su situación económica y no tengan que recurrir a tales despropósitos. Fomentemos la cultura financiera (siempre de manera privada, no mediante la arbitrariedad y el monopolio del gobierno) para que la gente entienda que la lotería y las apuestas no tienen ningún sentido económico, y que lo que trae prosperidad es el ahorro y la inversión.

De esta forma, sí evitaremos definitivamente que tantas personas caigan en la trampa de los juegos de azar. Porque, si como bien argumentan los prohibicionistas, los ricos no recurren en tan proporción a las apuestas; la solución pasa por hacer rico a todo el mundo, ¡mejoremos sus condiciones de vidaClaro, esto es difícil de entender para todos aquellos que se posicionan, tan rotundamente en contra, de la divulgación de la cultura financiera, de la inversión en los mercados bursátiles o de la libertad económica en general. ¿Qué alternativa prestan estas personas a los más pobres? ¿Vivir de manera indigna con una subvención del gobierno? ¿Trabajar por una miseria? Pues seguramente, siendo pobres y sin ninguna opción económica, acaben acudiendo a las casas de apuestas.

El único camino que históricamente ha demostrado mejorar las condiciones de vida es la libertad económica, el laissez faire, laissez passer.  Si empezamos a prohibir de forma arbitraria cualquier cosa que se nos ocurra, será mucho más fácil que el Estado –encabezado por políticos– empiece a ganar cada vez más poder frente a los ciudadanos en todas y cada una de las esferas sociales, personales y económicas. Y esto, como bien sabemos, no suele acabar muy bien. La solución es la libertad, mejorar la vida de esas personas de manera real, no mediante “paguitas”, sino con un empleo y un salario que les permita ahorrar, invertir, planificar su futuro, el de sus familias, y de forma colateral, no caer en el vicio de los juegos de azar.

La importancia de ponerse en los zapatos del adversario

Artículo original en Juan de Mariana:

Los libertarios tenemos debates ideológicos a diario, debido, creo yo, a varios motivos. Primero, para considerarnos libertarios hemos tenido que investigar y empaparnos de conocimiento poco habitual, lo que significa que somos apasionados de lo que pensamos, la libertad, y por ello no paramos de hablar de ella. Además, el mundo está lleno de gente que no piensa como nosotros, así que es muy normal tratar a diario con personas que aún siguen confiando en el Estado. Si sumamos la pasión con un contexto adverso, es muy normal que estemos continuamente dando la lucha de las ideas.

Sin embargo, esta lucha de las ideas es sumamente complicada, porque, aunque vayamos siempre con más sustento teórico, científico y, casi siempre, empírico, nuestros adversarios no suelen dar su brazo a torcer. Por muchas estadísticas y datos que llevemos, parece que hicieran oídos sordos. Esto acaba por frustrarnos y pensamos en dejar de debatir y mostrar nuestras ideas a los demás. No obstante, para auténticos apasionados de la libertad es verdaderamente difícil no defender hasta en el último rincón cualquier idea de dignidad, justicia y humanidad, en definitiva, de libertad.

Si a los sesgos que habitualmente tenemos todas las personas, por los que se nos hace mucho más difícil la batalla intelectual, le sumamos que podemos tener conceptos morales o éticos distintos, entonces, tenemos un problema mucho más grave. Para este tipo de situaciones, convencer al contrario de que la intervención del Estado no es buena, se hace muchísimo más complicado. Un ejemplo muy evidente de eso es el de los conceptos de libertad negativa y positiva, o derechos negativos y positivos. No es nada fácil, creyendo en la libertad negativa, convencer al que cree en la libertad positiva de que el Estado no es necesario. Los libertarios creemos que deben de garantizarse unos derechos negativos intrínsecos a la persona, fundamentados muchas veces en el iusnaturalismo, y que, a partir de ahí, el resultado del proceso de mercado será justo por muy desigual que parezca. Sin embargo, el concepto de libertad positiva implica un enfoque material, al creer que solo pueden ser libres los que tengan medios o recursos para serlo.

Sabemos perfectamente que el concepto de libertad positiva está mal desde la ética y la eficiencia dinámica. Aún así, tenemos la obligación de convencer al otro. Para ello, nos ayudará saber que es más fácil cambiar las creencias de una persona, que sus valores o ideales normativos. Por eso mismo, en vez de intentar demostrarle por qué la libertad positiva no es correcta, argumentémosle cómo el capitalismo y el libre mercado hace que las condiciones de vida de todos mejoren y que, de esa forma, todos seamos mucho más ricos y tengamos más recursos y medios para “decidir”. Una vez que su creencia sobre el capitalismo haya cambiado -cosa que precisamente queríamos conseguir-, dejará de apoyar el intervencionismo sin haber abandonado su concepto de libertad y justicia material. Y entonces, con el tiempo, el debate y la reflexión, puede que sus ideales normativos y éticos evolucionen hacia la libertad negativa y la ética libertaria. Pero, por lo pronto, hemos conseguido que deje de confiar en el intervencionismo y crea en la libertad de mercado.

Lo mismo ocurre con otras preferencias normativas como es el caso de la igualdad o desigualdad. De nuevo, los libertarios creemos que la única igualdad que debe prevalecer es la igualdad jurídica. Los resultados desiguales no son injustos mientras se respeten los principios jurídicos básicos. Sin embargo, muchas personas tienen una gran preferencia por la igualdad, y creen que la economía de mercado permite la desigualdad y el Estado es el único medio de corrección de esa “injusticia”. Ante este contexto, debemos de demostrarle que el capitalismo favorece la igualdad en ciertas situaciones y que, además, es una preferencia más que puede alcanzarse mediante la libertad.

El caso más llamativo para la igualdad es el de la mujer en la economía. El típico argumento se refiere a la existencia de relaciones de poder informal en el mercado que, por mucha libertad que haya, impiden que las mujeres alcancen las mismas posibilidades y éxitos que los hombres. Entonces, el gobierno debe corregir esas relaciones de poder y facilitar el progreso de la mujer. Empero, la economía de mercado vuelve a demostrar que es claramente beneficiosa para la mujer, así, los países más liberales son aquellos donde la mujer vive mejor y alcanza más logros sociales. Además, los países más libres -donde tienen más renta per cápita- son aquellos donde el reparto de tareas domésticas es más igualitario. Por el contrario, el gobierno con su intervención provoca un rechazo social que dificulta el cambio de valores y, además, impide la creación de riqueza perjudicando principalmente a las mujeres.

También, como comentábamos anteriormente, en un sistema de libertad la igualdad también es posible. Es otra preferencia o valor social más, y es perfectamente compatible con el progreso de toda la humanidad. Si las personas preferimos la igualdad, de forma libre y voluntaria podemos colaborar para alcanzar esa igualdad. Mucha gente podría donar y repartir de forma voluntaria y comunitaria su renta entre los demás. Y eso lo haría desde la voluntariedad, de acuerdo a sus preferencias morales y respetando la libertad y propiedad privada, que son los motores del progreso económico y social, y son los atacados constantemente por el Estado. Así que, otra vez, podemos demostrar cómo la economía de mercado permite conseguir la igualdad y el progreso, frente a la planificación gubernamental que trae igualdad y miseria. Con el tiempo, ya cambiarán sus preferencias morales, pero por el momento deja de abrazar el intervencionismo para unirse a la libertad.

Por eso mismo, es importante pensar y debatir poniéndonos en los zapatos del adversario. Es decir, argumentando en línea con sus valores morales. No vamos a conseguir convencerlo de nuestras preferencias normativas, pero si podemos cambiar su creencia sobre la economía de mercado y la libertad y cómo es muy positiva para él y sus preferencias. Esto es clave para la efectividad de la batalla de las ideas; más aún, cuando ante el nuevo Gobierno de España, se abren claras ventanas de oportunidad, como diría Nils Karlson, en las que podemos tornar el rumbo del sistema hacía la libertad.

¿Por qué los economistas siempre se equivocan?

Artículo original en La Voz de Córdoba.

En el año 2008, Prakash Loungani, economista del Fondo Monetario Internacional, descubrió que la mayoría de grandes instituciones económicas, tanto públicas como privadas, se dedicaban a hacer previsiones macroeconómicas que luego no se correspondían con la realidad. Llegó a concluir que solo el 10% de las estimaciones eran al final correctas. Ya lo vimos durante 2008 y 2009, ninguna de las más importantes organizaciones económicas del mundo supo predecir la grave crisis financiera. Quién sabe, puede que en estos momentos esté ocurriendo algo parecido con la recesión económica que parece que se cierne sobre nosotros, pero bueno, eso es otro tema. Para lo que hoy nos atañe, vayamos a comentar por qué los economistas siempre fallan en sus previsiones sobre el futuro. 

Desde mi punto de vista, la respuesta es bien sencilla. En la economía se ven involucrados seres humanos, únicos e irrepetibles. Cada mente humana es un mundo diferente, con unas aspiraciones, principios, fines y medios totalmente diversos y en constante cambio. Esto es lo que hace imposible predecir el comportamiento humano. Así pues, la economía se entiende como ciencia social y no como ciencia exacta; el objeto de estudio de la economía está lleno de variables que no pueden reducirse a constantes para ser matematizadas o modelizadas. 

Sin embargo, esto que parece tan evidente, supone y ha supuesto gran controversia dentro de la ciencia económica. En de la disciplina, hay corrientes que consideran las matemáticas como el método más idóneo, y otras que lo entienden como un error metodológico. Yo me encuentro dentro del segundo grupo. Y, aunque este aspecto metodológico pueda parecer insignificante, ha tenido importantes repercusiones en la construcción de teorías que luego se han aplicado en forma de políticas económicas. 

El socialismo, entendido como la planificación o intervención del Estado en la economía -comprendiendo desde la socialdemocracia hasta el control absoluto del gobierno- se justifica teóricamente en esa metodología matemática. Los teóricos socialistas dedicaron el siglo XX a intentar demostrar que el Estado podía controlar la economía a través de complejos agregados matemáticos. La Escuela Austriaca estudió cómo era imposible conseguir prosperidad económica mediante la agresión institucionalizada a la libre creatividad empresarial y humana, porque recordemos, el hecho de que un gobierno controle la economía supone impedir que libremente dispongas de tu propiedad o inicies actividades empresariales; solo puede hacerlo el Estado y prohíbe al resto el intentarlo. 

Cualquier política pública que en las socialdemocracias de hoy se implemente, está basada en teorías económicas que implican modelizaciones matemáticas. Suponen a los agentes económicos, a las personas, como una constante –apenas variable- y juegan con nosotros como si fuéramos una pieza más del puzle. No llegan a comprender la grandeza del ser humano, de su creatividad y función empresarial. Sin embargo, la Escuela Austriaca, además de rechazar las matemáticas y las modelizaciones como método, entiende que el ser humano y su creatividad es, en palabras de Mises, la fuerza impulsora de la economía de mercado. Esta metodología es mucho más humilde, pues no pretende modificar el comportamiento de nadie. Tampoco pretenden entenderlo, pues eso sería más bien la función del psicólogo y no del economista; simplemente se encargan de estudiar los procesos sociales que se derivan de las decisiones humanas libres, sean las que sean. Por eso mismo, los austriacos nos posicionamos en contra de cualquier intervención del Estado en la economía. Sabemos que es imposible entender, comprender y predecir el comportamiento humano y, además, creemos que cada persona posee una capacidad innata para poder crear, descubrir y cooperar socialmente. Por ello, estamos seguros de que, si un gobierno intenta manipular las decisiones y acciones humanas creyendo que lo sabe todo por sus teorías y modelos matemáticos, fallará en sus estimaciones y los resultados serán peores que si dejamos a las personas actuar libremente. Si sabemos que sus modelos matemáticos de previsión fallan en el 90% de los casos, no resulta muy inteligente confiar el rumbo de la economía en esas erradas modelizaciones. 

Esto es perfectamente comprobable en la realidad, es una correlación evidente. No solo cuenta el fracaso de los países socialistas, sino que, en el resto de países podemos observar cómo, a medida que el Estado interviene menos en la economía, se genera mucha más riqueza, hay mucho más empleo, ahorro, inversión y prosperidad. Toda creencia en la intervención del gobierno en la economía viene de una discusión metodológica que, desde mi opinión, debería de revisarse dentro de la propia ciencia, teniendo en cuenta la realidad cambiante y dinámica, así como al verdadero eje central y motor de la economía y la sociedad: el ser humano y su capacidad creativa empresarial.

Economía feminista

Artículo original en la web del Instituto Juan de Mariana.

La economía feminista es una corriente que pretende incorporar la teoría feminista en el análisis económico. Surgió a finales de los 80, con la publicación de If women counted, de Marilyn Waring. Desde entonces, autoras como Julie A. Nelson, Paula England, Nancy Folbre y, en habla hispana, otras como Cristina Carrasco, María Pazos Morán o Amaia Pérez Orozco, se han empleado en desarrollar una teoría centrada en lo que llaman la sostenibilidad de la vida. Un Nobel de Economía, Amartya Sen, ha escrito numerosos trabajos para este campo de estudio y, es incluso considerado economista feminista. Cuentan con la IAFFE (International Association for Feminist Economics) y con una revista académica, Feminist Economics, que se encuentra indexada en JCR.

Es decir, hablamos de una corriente de pensamiento que tiene muchos adeptos y que, además, está ganando terreno en el debate universitario. Con el tiempo, ocurrirá como con la economía ecológica; primero, surge la tendencia social a cuidar el medio y, después, la gente, concienciada con el asunto, comienza a abrazar una teoría económica más completa y rigurosa que unas simples consignas políticas (véase la propuesta del Green New Deal). Actualmente, el movimiento feminista ha ganado mucho peso, por lo que, no es de extrañar que en unos cuantos años, la sociedad empiece a compartir las tesis económicas que la economía feminista plantea. Entonces, si las teorías feministas fueran cercanas a la libertad, no habría ningún inconveniente. Pero es que, precisamente, el gran problema está en que esas ideas están totalmente en contra de la libertad económica. Por ello, es conveniente que estudiemos a fondo cada uno de sus planteamientos y sepamos confrontarlos en defensa de la libertad.

Como decía al principio, la economía feminista pretende incorporar el asunto del género y la igualdad a la cuestión económica. Así, las primeras aportaciones consistieron en una crítica a los principales indicadores macroeconómicos que ocultaban la verdadera contribución que hacía la mujer en la economía: trabajo doméstico y cuidados. Han continuado atacando los típicos modelos neoclásicos como el homo economicus, al que consideran claramente masculino; o los estudios sobre el agente económico familia -protagonizados por Gary Becker-, pues no tienen en cuenta las relaciones de poder que tienen lugar en el hogar. Además, pretenden la inclusión de las características femeninas y la realidad de la mujer en las teorías económicas, que entienden como androcéntricas; así como revisiones etimológicas e históricas en la ciencia económica. También, se han posicionado en contra de la globalización según se entiende en el mundo capitalista moderno.

Sus objetivos pasan por la construcción de teorías alternativas donde se incorpore el papel de la mujer y la economía se centre en la sostenibilidad de la vida, en la que también se incluye la sostenibilidad del medio. Para ello, consideran positivo la inclusión de otras disciplinas científicas como la sociología o la psicología, con sus correspondientes metodologías; los juicios éticos, y nuevas formas de medir el trabajo no remunerado de las mujeres e incluirlo en los indicadores macroeconómicos.

Sin embargo, la cuestión más importante, más allá de los posibles errores analíticos concretos que puedan tener sus teorías, es su adscripción a otras ideologías y escuelas de pensamiento que ya existen dentro de la ciencia económica. La economía feminista no ha optado por la libertad, sino por la intervención. Han construido sobre bases teóricas -muy equivocadas- de escuelas que ya existían y que siempre han apoyado por el poder del Estado y una economía intervenida. Las economistas feministas son, principalmente, socialistas, marxistas, neoinstitucionalistas y postkeynesianas. Rechazan el mercado por su inestabilidad cíclica, pues las crisis económicas acaban afectando más a las mujeres que a los hombres o proponen cosas como planes de empleo de última instancia, conocidos como ELR (Employer of the Last Resort), donde el Estado se encarga de inyectar gasto público en planes de contratación para mujeres. El capitalismo es un sistema fatal, pues se une al patriarcado y, juntos, continúan la opresión de clase y de género, uno en la vida pública y el otro, en la esfera privada de las familias. Más aún, el capitalismo contribuye al patriarcado con la reproducción de la fuerza de trabajo, por lo que acaba consumándose una simbiosis perfecta.

Desde la Escuela austriaca pueden hacerse numerosos comentarios al respecto en todos los sentidos. Ya han sido muchos los referidos a cuestiones más amplias como la prosperidad que supone para la mujer el capitalismo y el desarrollo económico, pues bien se ha demostrado históricamente. En aspectos más concretos, se puede criticar por su obsesión por la medición y predicción en la economía; por los fallos derivados de la intervención y contenidos en el marxismo, socialismo, neoinstitucionalismo y postkeynesianismo; por su mala comprensión de lo que supone el cálculo económico, los mercados, el orden espontáneo y la monetización de una determinada actividad; por sus bases metodológicas, éticas, políticas y sociológicas. Y así, con otras tantas muchas peculiaridades que acaban siempre entendiendo la intervención como solución. Ante ello, la Escuela austriaca ofrece sus pilares éticos, metodológicos, teóricos y su confianza en la empresarialidad como motor de cambio de toda circunstancia económica y social. Debemos de comenzar a dar respuesta a todas sus proposiciones.

Nuevamente reitero la llamada de atención a todos los comprometidos por la libertad, ante este conglomerado de ideas. Es algo que tiene futuro y que amenaza nuestra libertad económica y el progreso de la humanidad, por lo que requiere un importante desarrollo de trabajo académico sobre el mismo.

 

Se aproxima de nuevo

Artículo original publicado en La Voz de Córdoba.

Llevamos unos cuantos meses en los que los principales profesionales y organizaciones de datos macroeconómicos advierten una desaceleración económica y dejan entrever una posible recesión. Más recientemente hemos conocido que, para el último trimestre, el PIB alemán ha decrecido, es decir, la economía en su conjunto ha destruido riqueza y producción acumulada hasta el trimestre anterior. Y, aunque todo esto pase a escala internacional, no debemos creer que a España no le afecta. Es más, el FMI nos acaba de situar como subcampeones mundiales, por detrás de EE. UU., en países con mayor desequilibrio entre lo que debemos al exterior y lo que nos deben países extranjeros (Posición de Inversión Internacional). Teniendo en cuenta que casi el 60% de los indicadores más recientespublicados por el Ministerio de Economía dan señales de recesión, es más que razonable prestar un poco de atención a la coyuntura económica e intentar adecuarnos a ella.

Causas

El gobernador del Banco de España atribuía la desaceleración a los problemas internacionales que ahora mismo acontecen. Él se refería más concretamente a la famosa “guerra comercial” entre China y EE. UU. y también, al Brexit. El motivo principal es la elevada incertidumbre que se deriva de ambas situaciones, pues, en la primera no se sabe que puede pasar con cada tweet de Donald Trump, y en la segunda, aún estamos pendientes de las condiciones en las que se resolverá la salida de Reino Unido de la UE. Más allá de las fluctuaciones cortoplacistas que pueda causar la publicación del principal mandatario mundial en Twitter, las causas de esta próxima crisis son más profundas y, como siempre, las mismas. En este caso, como en todas las crisis, se debe a una falta de libertad económica e igualdad jurídica.

En la salida de la crisis previa es cuando empezó a gestarse la que se viene. Aunque no podemos saber con exactitud cuando será, todo indica que es inevitable. En la anterior catástrofe financiera, los gobiernos y bancos centrales optaron por el mantenimiento de sus privilegios. Así, rescataron entidades financieras y Estados que, por irresponsabilidad y mala gestión, debían de haber quebrado. Han mantenido durante todos estos años los tipos de interés al cero, perjudicando a las familias ahorradoras para que los gobiernos pudieran seguir endeudándose no cayeran en quiebra. Todas eran soluciones a corto plazo con el pretexto de evitar un mal mayor, pero los remedios cortoplacistas han hecho que el problema se convierta en una bola cada vez más grande,ya que los gobiernos han aprovechado para aumentar sus gastos y su deuda. Ahora mismo, los niveles de deuda pública baten récords históricos: es imposible que los gobiernos puedan devolver tanto dinero.

¿Qué pasará?

Lo de siempre. Todo se repite de manera casi exacta. Son los mismos los que gestan las crisis, los que se benefician de ellas, los que las “solucionan” y los que vuelven a provocarlasY así se seguirá repitiendo hasta que los ciudadanos nos cansemos o nos demos cuenta. Pero, por lo que se ve, tenemos que llegar a pasar tanta hambre como en Venezuela para que nos animemos a cambiar este sistema.

¿Soluciones? Libertad económica e igualdad jurídica. Desgraciadamente no podemos hacer nada para salvar la crisis venidera; tenemos que esperar que los errores empresariales como consecuencia de la manipulación de los tipos de interés se corrijan. No podemos seguir recurriendo a las medidas cortoplacistas de intervención que incentivan la mala gestión, la irresponsabilidad y prorrogan el problema.

Para nuestra situación, el nogobierno de España no podrá hacer nada para solucionarlo, pero sí todo para empeorarlo. Las recetas económicas de cualquier partido que opte al poder nos llevarán al mismo fracaso; algunas de manera más profunda y otras menos. Desafortunadamente, el poder está siendo dirigido por aquellos que casi tienen las propuestas económicas más fatales. Esperemos que el nuevo gobierno no cuente con ministros de Podemos, valedores de las peores soluciones económicas para España. Lo digo así, pues cualquier persona sabe que no se puede incrementar el gasto cuando ya hay déficit y niveles de deuda pública más elevados que nunca, y que tampoco es lógico aumentar impuestos en un contexto de desaceleraciónAun así, no es de extrañar este comportamiento y sus propuestas. Ellos conocen perfectamente cada teoría y sus consecuencias, pero, concienzudamente recurren a la demagogia para conseguir votos y luego poder lucrarse de cada crisisEn ninguna recesión los políticos pasan penurias económicas, ¿será que se aprovechan de ellas? Juzgue usted mismo.

Los recursos se agotan

Artículo original publicado en La Voz de Córdoba.

El debate del cambio climático ha calado profundamente en la sociedad y en la conciencia de millones de personas en todo el mundo. Las advertencias son claras, si continuamos al ritmo actual, los recursos naturales desaparecerán en un medio-largo plazo que algunos sitúan en el año 2050. La concienciación ya existe (y debe seguir extendiéndose), casi todo el mundo sabe lo importante que es cuidar del medio ambiente y la solidaridad intergeneracional implícita que hay en el respeto por el ecosistema. Sin embargo, la realidad no cambia, por lo que las siguientes medidas a adoptar parecen pasar por decisiones políticas: impuestos, restricciones a la producción, licencias, expropiaciones… todo lo que sea necesario para la solución del problema.

La solución no es la intervención

En efecto, y como siempre defenderé para cualquier problema o reto económico y social, la clave no está en los mandatos coactivos de un gobierno. Seamos claros, a los gobiernos no les importan los problemas sociales o medioambientales, simplemente se aprovechan de ellos como herramienta para mantener o ampliar el poder. Con que, por lo pronto, sería un buen matiz a tener en cuenta cuando digamos de confiar importantes responsabilidades en verdaderos irresponsables.

Desde un análisis más profundo, podríamos relacionar primeramente los problemas medioambientales con cuestiones de eficiencia. Está más que claro, a medida que avanzan los años, los procesos productivos y fuentes de energía son cada vez más eficientes: hace falta menos cantidad de insumo y, además, ese insumo puede obtenerse de manera más sostenible. Las limitaciones físicas y naturales pueden ser perfectamente superadas por el ingenio humano, o lo que en la terminología de la Escuela Austriaca conocemos como creatividad empresarial. El mismo efecto económico tiene el aumento de las reservas físicas de petróleo, que el descubrimiento de un carburador que consiguiera el aumento proporcional de la eficiencia de los motores de explosión. El progreso económico y social, las ganancias de eficiencia que evitan el despilfarro y malgasto, han sido consecuencia del desempeño de la creatividad humana.

Pero para que la creatividad humana tenga la posibilidad de desarrollarse plenamente, es necesario evitar los mandatos coactivos y privativos de libertad que caracterizan a la intervención del Estado, que solo dificulta la cooperación social con sus innumerables trabas, regulaciones y consecuentes ineficacias. Los países más libres (menos intervenidos) son los que más desarrollo tecnológico han conseguido y, también, los más respetuosos con el medio ambiente. No podemos caer en el enfoque estático creyendo que la información y conocimiento de los que disponemos ahora son la única solución; confiemos en la creatividad humana y en el dinamismo de los procesos sociales, para que descubran nuevo conocimiento que facilite mejores soluciones en términos de eficiencia y cuidado.

Mientras tanto

Tampoco podemos quedar a la espera de la panacea. Mientras que no conseguimos las mejoras de eficiencia, la creatividad empresarial se ocupa, en el ámbito jurídico, de asignar correctamente las responsabilidades y derechos de propiedad para paliar lo que se conoce como externalidades. Estas son las consecuencias negativas que suponen determinados procesos de producción o, simplemente, el consumo. Un ejemplo de externalidad son los vertidos químicos que puede hacer una fábrica a un río o mar. En este caso, y a la espera de una solución más eficiente, el ingenio humano nos lleva a determinar las responsabilidades y derechos de propiedad. Ya sea mediante propiedad privada individual o comunal, el medio ambiente es mucho mejor conservado que en los casos de propiedad pública, precisamente, porque las responsabilidades y sus consecuencias están bien claras. Empíricamente, los países con mayor respeto por los derechos de propiedad se encuentran en una mejor puntuación en el Índice de Desempeño Medioambiental (EPI en inglés).

La solución es la creatividad empresarial

No son las trabas, los impuestos o las obligaciones estatales las mejores opciones, pues derivan en ineficacia e irresponsabilidad con el medio. Por contra, el libre y espontáneo ejercicio de la creatividad y función empresarial, que es una capacidad innata que todo ser humano tiene para descubrir y crear innovaciones, es la que consigue disruptivos métodos más eficientes que consumen menos recursos naturales, y determina los cimientos jurídicos y contractuales de los que emanan las responsabilidades asociadas a la propiedad privada comunal e individual.

El diseño del orden social

Artículo original en la web del Instituto Juan de Mariana.

Es ampliamente compartida la intuición de que existen determinados grupos poderosos que controlan, diseñan y organizan la sociedad de tal forma que ellos puedan mantener el poder y los privilegios recibidos. Creemos que existe una oligarquía que ha creado todo el orden social y que cada acción que desempeñamos de manera inconsciente refuerza las posiciones privilegiadas de ciertos grupos. Es en la espontaneidad, en libertad, de forma natural, como estos grupos más fuertes se imponen de manera informal sobre los grupos más débiles. El Estado es por tanto el encargado de intentar mitigar estas desigualdades, regulando, prohibiendo, subvencionando e interviniendo en las relaciones sociales.

Analizando esta idea tan extendida desde el prisma teórico de la Escuela Austriaca, podemos llegar a conclusiones bien distintas que, al contrario que en el primer caso, tengan como solución otorgar menos poder al Estado y no al revés.

Los autores austriacos han escrito mucho sobre instituciones y el orden social, su surgimiento y posterior evolución con el tiempo y el cambio de ideas. Desde los clásicos más conocidos: Menger, Mises o Hayek, hasta los más actuales: Boettke o Gedeon. Todos ellos concluyen que, tanto la organización social como las instituciones que lo conforman, nunca son resultado del diseño consciente de la mente humana. Mises dice: «Todo orden social fue pensado y proyectado antes de ser puesto en práctica. Esta precedencia temporal y lógica del factor ideológico no supone afirmar que los hombres formulen, de antemano, completos sistemas sociales como hacen los autores de utopías». Ciertamente, sería utópico creer capaz al ser humano de diseñar sistemas que cuentan con un volumen de información tan inmenso. Es precisamente por eso, por problemas de información, por lo que una compleja estructura social no puede ser diseñado de antemano. El mismo fallo que se da con la planificación centralizada de la economía está presente en la planificación estatal de la sociedad y sus relaciones: la mente humana no es capaz de procesar ni crear tanto conocimiento e información, tan eficientemente, como sí se hace en la sociedad y mercado libre, o lo que también conocemos como en orden espontáneo.

El orden social es consecuencia de la coordinación espontánea de las acciones individuales. Esa coordinación es lo que da lugar al surgimiento de nuevas ideas, normas o patrones, que acaban influyendo en las instituciones. Como bien dice Gedeon: «Los individuos siguen reglas cuando actúan, pero no intentan crear ese sistema de normas sociales que emerge como resultado de sus acciones». Las normas sociales no nacen de un diseño consciente, sino de un proceso evolutivo de prueba y error, y de coordinación de acciones individuales.

Además, como Hayek decía, la economía de mercado y la sociedad libre son sistemas que permiten que el poder y control sobre los medios esté lo más descentralizado posible. Es decir, en libertad, cada individuo es mucho más soberano que en un supuesto donde el Estado interviene o planifica. En el primero, cada persona aprueba o rechaza voluntariamente las distintas ideas o normas nuevas que surgen y que se prueban en sociedad. Si el cambio propuesto no se adecúa con las preferencias individuales, no prosperará y no acabará teniendo ningún tipo de repercusión. En el segundo, la planificación central diluye el poder legítimo individual y facilita que cierto grupo de gobernantes pueda, de manera violenta, procurar un orden social determinado, sin tener en cuenta la soberanía y derechos individuales. La vía estatal, al igual que en lo económico, es más ineficiente porque no puede procesar ni crear tanta información y, además, es totalmente inmoral pues se sirve de la violencia o la coacción y no de la voluntariedad y cooperación.

En una sociedad no planificada, donde se respetan los derechos individuales, el orden social no puede ser resultado del diseño humano. Más bien es consecuencia no intencionada de la coordinación entre acciones voluntarias individuales. Al revés de lo que creen muchas personas, la sociedad no está manejada por un poder informal que es capaz de controlar todo. Más exactamente, son la planificación y la intervención estatal las que crean órdenes sociales determinados -ineficientes e inmorales-, donde un reducido grupo de personas ostenta el poder y decreta qué función, derechos, libertades y obligaciones tiene el resto de individuos y grupos sociales. Por eso mismo, si lo que queremos evitar es que un grupo controle la sociedad, no tenemos que poner trabas a la libertad, sino más bien, impedir que el Estado haga lo que mejor sabe hacer, eso que tantos temen: organizar y controlar la sociedad para favorecer a determinados grupos privilegiados.